DE JÓVENAS, CUADRAS, MIEMBRAS, ALTAS CARGAS Y PORTAVOZAS.

Desde hace unos años, aparecen en los medios de comunicación palabras anómalas gramaticalmente que profieren (y prefieren), sobre todo, los políticos. Causan un cierto revuelo, se suscitan pequeñas o grandes polémicas y, después, se olvidan.

Ya Carmen Romero, diputada del PSOE por Cádiz , dijo en 1993, ante mil mujeres, aquello de jóvenas para animarlas a hacer carreras técnicas (era la víspera del Día Mundial de la Mujer Trabajadora). Más tarde, un lector del diario El País -Esteban Marinena- cita, en la sección de “Cartas al director” (3 de diciembre de 2006, p. 18), el siguiente texto oído a un dirigente sindical, sin duda en el fragor de la oratoria mitinera: “Compañeras y compañeros: nuestro mayor patrimonio somos nosotros y nosotras, cuadros y cuadras sindicales…” .

Dos años después, Bibiana Aido, a la sazón ministra de Igualdad, en Comisión de Congreso 16-6-2008, en su informe sobre “Plan Nacional de Sensibilización y prevención dela violencia de género”, pronunció el doble sintagma copulativo “los miembros y las miembras”, de la susodicha Comisión. Lo estaba leyendo, pero se sonrió… El 22 Abril de 2015, Pedro Sánchez lo repitió en el Congreso, pero -sonriendo- aclaró que era una broma. Sin embargo, la titular de Igualdad dijo después que había sido un lapsus porque llegaba de Iberoamérica, “donde es usual este término”, y que por eso se le coló en el discurso. Sin embargo, las feministas sí se sorprendieron cuando la ministra habló de un error, cuando ellas habían entendido que era un guiño a la visibilidad de la mujer.

Otro caso famoso ocurrió en la primera legislatura de Felipe González (1982-1986), cuando las directoras generales del primer Gobierno socialista desde el regreso de la democracia a España quedaban a comer: se denominaban las altas cargas, en lugar de altos cargos, en unas reuniones que despertaban la curiosidad —y los recelos— de sus colegas varones, según recordó la ex-vicepresidenta Elena Salgado.

El último episodio de estos desatinos lingüísticos lo protagonizó, la líder de Podemos, Irene Montero, el 9 de Febrero de este año, en el Congreso de los Diputados, cuando ha lanzado portavoza, para dar visibilidad a la mujer. “Ya son demasiados los siglos en los que el lenguaje se utiliza como instrumento para perpetuar el machismo en las sociedades. La mayoría de idiomas usan el masculino para referirse a la otra mitad de la población”, ha justificado. Encontró el respaldo de la vicesecretaria general del PSOE, Adriana Lastra: “Yo a mi portavoza [Margarita Robles] la llamo portavoza”. La portavoz de Unidos Podemos en el Congreso ha defendido que “a veces desdoblando el lenguaje, aunque no suene muy correcto, se puede avanzar en la igualdad”.

En todos estos casos, los políticos (que en cuestiones lingüísticas siempre han sido un poco tarambanas y sobrados) han intentado convencer a sus “clientes” de que, desde su posición democráticamente privilegiada, pueden oficiar de sacerdotes en los arcanos de la lingüística. Y, como en otros ámbitos, les falta un poco de humildad, que no está reñida con su respetable oficio, y les sobre una pizca de soberbia. Caros representantes de la voluntad popular: cuando se mete la pata, se mete y ya está; se piden disculpas y seguimos… Como hacemos el común de los mortales…

No estoy seguro de que el lenguaje pueda cambiar la sociedad. Creo que casi nadie que haya estudiado la historia de las lenguas está seguro de ello. Las lenguas son espejos maravillosos e implacables de cómo funcionan las sociedades que las sustentan; pero no parece razonable pensar que el espejo haga bella o bello al pobre humano que acerca temeroso su rostro desafortunado.

Hay quienes confían en que es posible cambiar la realidad cambiando las palabras. Hay quienes, con buena fe, quieren “feminizar” el lenguaje; combatir el “lenguaje sexista”.  También hay quieres desprecian estas actitudes sintiéndose “au-dessus de la melée”.  Tampoco es eso.

bosqueRecomiendo vivamente que usted, discreto lector, si no lo ha hecho ya, lea el informe que  elaboró hace unos años el académico Ignacio Bosque, quizás el mejor gramático vivo del español, informe con-firmado por sus compañeros de la Real Academia.

Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer.

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